La princesa y el Plebeyo.

En la torre. La bella Princesa  triste y sola. Solloza desconsoladamente.
Su Señor antes de irse a la guerra, su tesoro de candados ha trabado.
Más ella ya no llora su castidad, sino el silencio y abandono del Señor de la Guerra.
Se asoma a la ventana y contempla la vida. Es día de mercado, los niños juegan, los comerciantes hacen su mercadeo y las buenas gentes bailan a los sones de los trovadores.

Desde su atalaya la triste doncella otea el horizonte, a una zagala con su hombre divisa. Con la mirada se acerca a la vera del rio. Entre  helechos en una cama de flores el zagal a su hembra desnuda.
Sus pezones en el centro de unos pechos de miel apuntan al cielo, mientras el joven con sus duras manos los amasa bebiéndolos a besos. El cuerpo hermoso del aldeano invade a la zagala,  sus labios llegan a su sexo, sumergiéndose  en el lago salado de su pasión, convirtiendo así sus deseos en lujuria y desenfreno.

Dos lágrimas resbalan por el rostro de la Princesa que impotente y triste los contempla.

Esta entonces llama a su Ama. Nerviosa y desconsolada.
¿Qué te pasa mi niña?
Le pregunta la vieja alcahueta.
Yo quiero ser aldeana.
Le responde la doncella.
Eso no puedes ser Princesa.
Le contesta la Dueña.
Y a continuación la baña, reconforta y en el lecho la acuesta.

Transcurren sus sueños. De repente por la ventana el viril aldeano salta.
Entra. Obnubilado, se detiene ante la belleza de la Doncella.
Esta se despierta cuando las rudas manos del plebeyo la desnudan para romper los candados, liberándola de la cárcel de sus deseos.
El dulce cuerpo de la doncella brilla a la luz de la luna quedando libres los secretos del cautiverio al que le habían sometido los miedos de su Señor.

El Señor de la Guerra.

En ello va su vida pero su pasión le ayuda. Un gozo contenido, al aldeano inunda y ella se entrega como no lo hizo nunca.
Vibran de placer, entran uno en el otro para recorrer sus cuerpos y explotar en un orgasmo inevitable, juntando sus labios para dibujar unos besos.

Jamás ninguno gozó de esa manera. la magia del destino los había unido, invadiendo  de amor sus corazones.
Vuelven en sí. El la viste con los hábitos de aldeana y juntos por la ventana saltan hacia el horizonte.
Mientras la vieja alcahueta les observa con lágrimas en los ojos. Los despide, bendiciendo a la joven pareja.

Efe{LL}

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14 pensamientos en “La princesa y el Plebeyo.

  1. Que bien escribes Efe, me encantó desde que empieza hasta la ultima letra , esta frase es una belleza

    “la magia del destino los había unido, invadiendo de amor sus corazones.”

    ¿me la regalas?

    besossss

  2. Precioso… De que manera tan bonita lo cuentas…

    Bueno, la habían abandonado…

    Quizá le faltaba conocer el amor verdadero. Todo tiene una razón de ser, todo sucede por algo.

    Muchos besos. Me ha gustado mucho. Es un escrito sensual, y a su vez siempre le das un toque muy tierno.

  3. No hay mayor esclavitud que ser preso de tus raices, de los designios de la vida, de la sangre…..pero tú dás un soplo de esperanza a todo ello,. Es delicioso efe, y maravillosamente escrito.
    Un beso a los dos amigo mio

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